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Vietnam: cuatro siglos de Evangelización Por
Josep Doan
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| “Los
que siembran entre lágrimas, cosechan entre cantares.” Se
me ha pedido que les presente la vida de la Iglesia en Vietnam y, más
en particular, que les ofrezca un testimonio personal sobre la tarea de
evangelización que he llevado a cabo en mi país de origen. Permítanme
que sitúe mi testimonio dentro del panorama de la Historia de la
Iglesia en Vietnam. 1. «Los que vienen de la gran tribulación»
(Apocalipsis 7, 14) La
primera presencia de la Iglesia en Vietnam se remonta al siglo XVI,
cuando unos sacerdotes portugueses y españoles, que acompañaban a unos
comerciantes, se detuvieron durante un cierto tiempo en Vietnam. Esta
fugaz presencia apenas dejó ningún rastro, pues de hecho ninguna
comunidad cristiana subsistió tras su partida. Podríamos
decir, por lo tanto, que la evangelización en Vietnam comienza en el
siglo XVII. A comienzos del siglo XVII, el contexto político en Vietnam
era el de la división en dos partes, bajo el poder de dos Señores,
Trinh y Nguyen, que constituyen dos reinos, uno al Norte y otro al Sur.
El año 1614 un comerciante portugués de Macao se aventuró en el Reino
del Sur, consiguiendo el apoyo del Señor del país para conservar el
monopolio del comercio de estas tierras para los portugueses. En sus
maniobras trataba de conseguir la presencia de los jesuitas en el país.
De hecho, estaba en conversaciones con el Provincial de los jesuitas del
Japón, de donde hacía poco había sido expulsado junto a 73 jesuitas. Así
pues, el 18 de enero de 1615, tres jesuitas, que habían sido expulsados
del Japón desembarcaron en Danang. Se trataba de los Padres Francesco
Buzomi (napolitano) y Diogo Carvalho (portugués) y del Hermano António
Dias (Portugués). En Hoi An, primer “puerto internacional” de
Vietnam, pusieron su residencia entre un grupo de cristianos japoneses,
que también huían de las persecuciones de Japón. Así
comenzó una Evangelización más sistemática, por decirlo de alguna
forma, que ha dado lugar al nacimiento de la Iglesia en Vietnam. Hoy,
al cabo de cuatro siglos, la Iglesia en Vietnam, alimentada por la
Palabra y los Sacramentos, regada continuamente por el sudor, las lágrimas
y la sangre, cuenta con 26 diócesis y alrededor de 6 millones de
cristianos. Está servida por cerca de tres mil sacerdotes, 13 mil
religiosas y religiosos y 52 mil catequistas, con un crecimiento anual
de aproximadamente 30 mil bautismos de adultos y más de 100 mil de niños.
Se trata, por lo tanto, de una Iglesia floreciente, gracias a Dios. 2. «Estamos apretados por todas partes...»
(2 Corintios 4, 8) En
su segunda carta a los Corintios, San Pablo menciona en varias ocasiones
los sufrimientos que ha padecido al proclamar el Evangelio, pero a su
vez subraya siempre la confianza, el optimismo y la alegría que vive al
manifestar el testimonio de anunciar el Evangelio de Jesús. El mismo
Jesús, al enviar a los discípulos a predicar el Evangelio hasta las
extremidades de la tierra, no había ocultado el precio que habían de
pagar en su misión. Nos sería suficiente releer los discursos de misión
de los evangelios (Mateo 10 y Juan 15, 18-27) para reconocer que la
Salvación se realiza por medio de la Cruz. Además, ¿conocen Ustedes
alguna otra forma en la que se podría anunciar la misma Cruz si no es
por medio de la Cruz? De
hecho, la historia de la Evangelización en Vietnam se inscribe
perfectamente en la línea de advertencia ofrecida por Jesús y vivida
posteriormente por San Pablo. La
historia de persecución ha acompañado a los misioneros en Vietnam
desde los primeros días. A penas pasados dos años de su llegada al
nuevo campo de misión, los tres jesuitas fueron expulsados, acusados de
ser la causa de una fuerte sequía en el país. Expulsión, prisiones,
malos tratos y calumnias, se convirtieron en su pan cotidiano. Pero
ellos seguían el consejo de Jesús: “Si se os rechaza en una ciudad,
huid a otra...” (Mateo 10, 23). En
esa época, el único modo de entrar y salir del país era por medio de
los barcos de los mercaderes portugueses. Mientras hubiera barcos que
llevaban mercancías de Macao a Vietnam, los misioneros siempre volvían
después de cada expulsión, trayendo cada vez más hermosos regalos
para ganarse el favor del señor del país. En otras ocasiones, apenas
expulsados y cuando el barco estaba fuera de la vista de los oficiales
en puerto, un bote los recogía en alta mar y los devolvía secretamente
a tierra en otra parte. El
proceso de persecución de la Iglesia no se limitó a la caza de los
misioneros, sino que en un momento se pasó a destruir también las
comunidades y a meter en la cárcel a los cristianos. El 26 de julio de
1644, el bienaventurado Andrés de Phu Yen, protomártir de Vietnam, señaló
la confesión de su fe con su propia sangre. Andrés era un joven
catequista consagrado, que conoce el martirio a la edad de 19 años. En los momentos finales de su vida le acompaña el jesuita Padre Alejandro de Rhodes, natural de Aviñón, que estaba esperando el barco que le había de llevar fuera del país para cumplir una orden de expulsión. El P. Rhodes había bautizado a Andrés y lo había recibido en el grupo de los catequistas. Tras su muerte, el cuerpo del mártir fue llevado a Macao para enterrarlo junto a otros mártires de Japón y China. Unos años más tarde, el Padre Rhodes llevó personalmente a la Curia Generalicia de la Compañía de Jesús en Roma, la reliquia de la cabeza de Andrés. Allí se puede venerar aún esta reliquia. El P. Rhodes fue expulsado varias veces de Vietnam, y otras tantas volvió, siempre buscando nuevos caminos y tratando de esconderse en el país. Al año siguiente del martirio de Andrés, nos encontramos en 1645, otros catequistas fueron ejecutados y el P. Alejandro de Rhodes fue expulsado de nuevo y escoltado hasta el barco con la orden definitiva de expulsión bajo pena de muerte en caso de que volviera. En esta ocasión sería el protomártir Andrés quien lo condujera a buen puerto a pesar de violentas tempestades en el mar. En efecto, ante el peligro de hundimiento en medio de una fuerte tempestad en alta mar, todos los cristianos del barco rogaron por su salvación por intercesión del mártir Andrés, cuya cabeza se encontraba en las manos del Padre Alejandro de Rhodes. Llegados sanos y salvos a puerto atribuyeron su salvación a la intercesión del mártir. Pero
volvamos a seguir el itinerario de la Evangelización. Hemos
visto que los primeros pasos de la evangelización en Vietnam se dieron
en el reino del Sur, a partir del año 1615. En 1627, de nuevo los
Jesuitas comenzaron a evangelizar el Reino del Norte (Tonkin) donde
correrían la misma suerte que en el sur. Tras el éxito inicial de los
3 primeros años, se repitió la misma historia de expulsión. Esta
circunstancia, que podría haberse visto muy dramática para la
evangelización de Vietnam, permitió sin embargo el nacimiento de una
gran iniciativa misionera y pastoral: la creación de un cuadro de
catequistas consagrados. Años más tarde tal iniciativa se desarrolló
también en el Reino del Sur, siendo Andrés, como lo hemos visto, uno
de estos catequistas. Durante
tres siglos, incluso tras la desaparición de los Jesuitas del país,
este cuadro de catequistas actuará como agente principal de la
Evangelización. Tras 1954, por desgracia, las condiciones socio-económicas
y políticas del país lo han hecho desaparecer. En
1649, Alejandro de Rhodes viajó a Roma para tratar asuntos de la Compañía
y presentó a la Santa Sede un proyecto para ofrecer a la Iglesia en
Vietnam una jerarquía que le permitiera asegurar su existencia y
desarrollo. De hecho, esta joven Iglesia dependía todavía de la
presencia cada vez más precaria de los misioneros extranjeros. Al cabo
de tres años, en los que no obtuvo un resultado definitivo y
satisfactorio, se dirigió a Francia para “vender” su proyecto. La
acogida positiva de los obispos de Francia permitió el nacimiento del
Seminario de las Misiones Extranjeras de París (1663) y de la Sociedad
de las Misiones Extranjeras de París (1664). Años más tarde, en 1659,
dos obispos son enviados como Vicarios Apostólicos a Vietnam: Monseñor
Pallu para el Norte (Tonkin), y Monseñor Lambert de la Motte para el
Sur. Bien pronto, otros misioneros, para bien y para mal, se unirán a
los Jesuitas en las tareas misioneras: Dominicos, Franciscanos y
Agustinos. Digo para bien y para mal pues la divergencia de puntos de
vista entre los diferentes grupos va a crear fuertes tensiones,
conflictos y divisiones. Siendo el mayor de ellos la famosa cuestión de
los ritos chinos que afectó gravemente a la obra de Evangelización.
Mientras tanto las persecuciones se sucedían como oleadas en el océano. Las
persecuciones alcanzaron su cenit en el siglo diecinueve. En 1842
Francia se lanzó a la conquista militar de Vietnam, que desde el año
1802 se había unificado bajo la dinastía de los Nguyen. Durante
cuarenta años asistimos a la guerra de colonización francesa,
terminada con el tratado de Patenôtre en 1883. En estos años, más de
100 mil cristianos, con obispos y sacerdotes a la cabeza, dieron su vida
por defender su fe. Se aplicaron fuertes y drásticas medidas de
dispersión y exilio, con el intento de hacer desaparecer del mapa las
comunidades cristianas. Hacia el final de este periodo (antes de 1882),
se produjeron algunas fuertes masacres de cristianos en el Centro y en
el Sur del país por obra del movimiento de los intelectuales. 3. Las brasas bajo las cenizas. Desde
el tratado Patenôtre de 1883, anteriormente citado, la Iglesia gozó de
una relativa paz que favoreció la Evangelización, sin embargo las
calumnias y el odio a la Iglesia, acumulados y fomentados en el pasado,
permanecieron como las brasas bajo las cenizas, dispuestas a arder de
nuevo cuando surgiera una brisa que las atizara. En
esta ocasión la brisa que alentó la persecución fue el comunismo. El
movimiento revolucionario comunista comenzó en 1930 con la fundación
del Partido Comunista por Ho Chi Minh. Antes de esta fecha, como miembro
del Partido Comunista Francés durante los años veinte del siglo
pasado, Ho Chi Minh había escrito una larga acusación contra el
colonialismo desde una perspectiva marxista. En su escrito presenta a la
Iglesia Católica y a los misioneros como un partido que tomaba parte en
la opresión y explotación del pueblo. Estos escritos son aún hoy en día
documentos de base para la formación de los miembros del Partido. La
derrota militar de Francia y Japón en Vietnam, permitió el acceso del
Partido Comunista al poder en 1945. En esta ocasión, los católicos
apoyaron a los comunistas en defensa de la independencia del país
contra una nueva invasión del ejército francés. Sin embargo, poco
después, tras conocerse los acontecimientos vividos por la Iglesia en
Europa del Este y en China, los católicos tomaron distancia de los
comunistas. Tras el tratado de Ginebra que dividió Vietnam según el
modelo de Corea, más de 600 mil católicos con la mayoría de los
sacerdotes y algunos obispos, abandonaron el Norte hacia el Sur para
escapar del régimen comunista. La Iglesia del Norte, duramente
debilitada por este exilio, compartió la suerte de la Iglesia en la
Europa del Este y en China. 4. 50 años de historia tormentosa. Durante
20 años (1954-1975) sin seminario, sin ordenación sacerdotal, sin
contacto con el exterior, la Iglesia del Norte se mantuvo en pié tras
la cortina de bambú. En
el Sur, bajo régimen republicano y con un católico como primer
presidente del país, la Iglesia podía respirar el aire del Concilio
Vaticano II. Pero la política de favorecer el desarrollo de las
religiones, en particular del budismo para luchar contra los comunistas,
se volvió contra el mismo gobierno. Los comunistas aprovecharon al máximo
esta situación para infiltrarse en el Sur: el gobierno americano
utilizaba los prejuicios anticristianos para eliminar al indómito
presidente católico y establecer así un gobierno más dócil a la política
de la Casa Blanca. Comunistas y políticos americanos se alegraron con
el asesinato del presidente en 1963. Algunos políticos budistas se
aprovecharon de tal situación turbulenta para maniobrar un movimiento
anticristiano con la ambición de elevar el budismo como Religión de
Estado. Nuevas calumnias se añadieron a las anteriores para suscitar
persecuciones locales. En
1975, el Partido Comunista extendía su poder absoluto sobre todo el país
con un régimen de tipo estalinista. Sin embargo, la Iglesia del Sur
continuó viviendo el espíritu de diálogo y compromiso con el
progreso. El régimen policial, al no encontrar pretextos para eliminar
esta comunidad cristiana, se contentó con imponer un control
extremadamente riguroso y rígido sobre las personas y actividades de la
Iglesia. Permítanme
que recurra a dos elementos de la literatura mundial para ilustrar la
situación de la Iglesia en Vietnam en estos momentos. Recordarán
cómo en las “Mil y una noches”, el sultán, por su prejuicio hacia
las mujeres, después de pasar una noche con una la hacía matar a la mañana
siguiente. Sherezade se ofrece para ser la esposa del sultán y le
cuenta historias tan interesantes que el sultán la mantiene en vida por
una noche más. Y así es mantenida en vida hasta que al final queda
encinta y el Sultán supera su prejuicio contra las mujeres. La Iglesia
de Vietnam, al practicar la “política” de Sherezade deseaba
alcanzar el cambio de los prejuicios de los comunistas Un
segundo recuerdo literario es la escena de “El Principito” de Saint-Exupéry,
donde el Principito, con su presencia fiel, silenciosa y pacífica,
consigue que el zorro deje de ser peligroso y se convierta en su amigo.
Practicando el “método” de «el Principito», la Iglesia en Vietnam
deseaba “crear relaciones” que le permitieran alcanzar el diálogo
con los comunistas. Al
cabo de 25 años podemos decir que la iglesia ha conseguido cambiar
muchos prejuicios y ha creado unas relaciones más distendidas, de mayor
confianza. Así como Jesús nos mostró una vida de humildad y dulzura,
también la Iglesia en Vietnam ha querido seguir el mismo camino y de
este modo ha crecido en número y en profundidad a lo largo de los años
más difíciles. El
fracaso y la caída del régimen comunista en Europa del Este forzó al
régimen estalinista de Vietnam a abrir las puertas hacia el Occidente
para balancear la presión del coloso vecino chino, que continúa siendo
la mayor potencia comunista. El gobierno policial ha sido obligado a dar
mayor espacio a la ley a ofrecer al mundo una imagen más aceptable.
Pero el control y las restricciones durarán mientras el régimen
totalitario no tenga otros medios para defenderse. Han
transcurrido más de treinta años desde la unificación del país. La
Iglesia hoy en día ha encontrado, tanto en el Norte como en el Sur, una
nueva armonía y nuevas fuerzas espirituales para continuar su misión
de Evangelización. La amenaza ahora no es el comunismo, sino el
consumismo que, después de haber arrasado a la Iglesia en Occidente, ha
comenzado a mostrar su potencia destructora también en Vietnam. En la
actualidad, el consumismo se muestra para la Iglesia aún peor que el
comunismo, pues se trata de una fuerza impersonal, consecuente con el
desarrollo económico moderno y al tratarse de una fuerza impersonal no
puede encarcelarse ni ser reconducido por unos cauces estrechos. 5. Mi experiencia personal. Tras
esta sumaria presentación de la historia de la Evangelización, permítanme
que como punto final comparta con Ustedes algunos rasgos de mi
testimonio más personal y de mi experiencia apostólica en Vietnam. Tengo
el privilegio de ser heredero de mártires. En 1862, mi bisabuelo
paterno fue decapitado por su fe cristiana junto con su hijo mayor de 12
años. Su hijo menor, de apenas 10 años, fue dejado en vida por su
corta edad, será el padre de mi abuela paterna. Entré
en la Compañía en 1966, estaba haciendo mis estudios en el Instituto Bíblico
de Roma cuando el P. Arrupe me envió a Vietnam en abril de 1975, seis días
antes del fin de la guerra que llevó a todo el Vietnam bajo el régimen
comunista. Fui nombrado superior de los Jesuitas en Vietnam para
prepararnos a la eventualidad de la expulsión de todos los misioneros
extranjeros, lo que efectivamente sucedió a lo largo del primer año
del nuevo régimen. Durante más de 5 años pude trabajar al servicio de
la Compañía y de la Conferencia Episcopal antes de que la policía,
entre diciembre de 1980 y enero de 1981, encontró un pretexto (según
sus propias palabras) para meternos en prisión a 6 compañeros y a mi. Yo
me sentí profundamente feliz cuando supe por voz del jefe de la
investigación que se trataba sencillamente de un pretexto para
encarcelarnos. Fuimos considerados peligrosos para el régimen por tener
demasiada influencia en la Iglesia y, en particular, con la juventud. En
ese momento exalté de alegría por tener parte en la octava
bienaventuranza y haber comenzado a vivir literalmente las palabras del
Evangelio: “Seréis arrastrados ante los gobernadores y los reyes por
mi causa, para que deis testimonio ante ellos y los paganos” (Mateo
10, 19). Me alegré profundamente cuando el jefe de investigación me
dijo seriamente: “Tenemos muchas preguntas sobre la Iglesia católica.
Tenemos la fortuna de tenerte aquí pues tienes la capacidad de
aclararnos estas dudas”. Efectivamente, los interrogatorios se
sucedieron ininterrumpidamente por más de tres meses, con dos sesiones
diarias, tanto por escrito como oralmente. Volvían a interrogarme una y
otra vez sobre temas del Concilio Vaticano II, la historia de la
Iglesia, la conferencia episcopal... Yo, mientras tanto, oraba con
insistencia y les puedo decir con total sinceridad que el Señor cumple
su promesa: reconocí la fuerza de su Espíritu al responder a todas las
cuestiones. En todo momento tenía ante mí el consejo de San Pedro en
su primera carta: “Si padecéis por la justicia, dichosos vosotros. No
les tengáis miedo ni os turbéis. Reconoced internamente la santidad de
Cristo como Señor. Si alguien os pide explicaciones de vuestra
esperanza, estad dispuestos a defenderla, pero con modestia y respeto,
con buena conciencia; de modo que los que denigran vuestra buena
conducta cristiana queden confundidos de haberos difamado” (1 Pedro 3,
14-16). De
esta forma me fui ganando la simpatía de mis carceleros. Al final de
dos años y medio, fuimos llevados al tribunal en la fiesta de San Pedro
y San Pablo (29 de junio de 1983). El juicio duró dos días, ante una
asistencia de 400 invitados. Se trataba de un “acto académico
solemne” para hacer ver claramente ante todos que llevamos las cadenas
únicamente a causa de Jesús y de su Evangelio, para “servir al Señor
Jesús y a la Iglesia su Esposa”. Después
del así llamado juicio, fui enviado a prisión común con criminales de
toda especie durante 18 meses, antes de ser enviado a un campo de
“reeducación” en que se trabajaba la agricultura: plantación de caña
de azúcar, maíz, habichuelas... Tras dos años en este campo, comencé
a recibir una reducción de pena cada año. Y de este modo pude ser
liberado 3 años antes de que se cumpliera la condena de 12 años. Durante
estos 9 años en las prisiones y el campo de reeducación, he podido
servir como capellán de prisión, enviado por la Providencia a los
cristianos y otros encarcelados, incluidos mis carceleros. A
los prisioneros cristianos pude enseñarles el catequismo y ofrecerles
los sacramentos, aunque por supuesto siempre en secreto, pues toda
actividad religiosa está estrictamente prohibida en la prisión. Con
frecuencia me decían: “Padre, su presencia como sacerdote nos es
suficiente, no hace falta que haga muchas cosas por nosotros, pues Usted
arriesgaría ser aislado en una celda de castigo y no deseamos perder su
presencia”. Los no cristianos se acercaban para compartir su pena, su
soledad e incluso para pedirme la catequesis. Algunos recibieron el
bautismo en la prisión o en el campo de reeducación. Recuerdo
en particular a dos oficiales comunistas de la Seguridad Pública que
fueron encarcelados, cogidos a traición y por engaño (¡como los dos
cortesanos en la historia de José!). Cada uno de ellos compartió mi
celda durante un tiempo. Al cabo de 3 ó 4 meses, los dos fueron
liberados y cambiados a otra rama de la policía. Al cabo de 10 años me
los encontré por casualidad. Me invitaron a cena a la casa del que tenía
mayor rango. Antes de la cena, el anfitrión me dijo: “Te hemos
invitado porque te consideramos nuestro mejor amigo en nuestra vida. De
hecho, cuando estuvimos en prisión, nos hallábamos desesperados. Sin
embargo, en tales circunstancias, tu paz y tu alegría nos ayudó a
superar este período, ciertamente el más duro de nuestra vida”. Permítanme aún un último testimonio: La madre de un encarcelado confió a una de mis primas en el mercado lo siguiente (no sé como la conocía): “Mi hijo era un delincuente, pero en la prisión, estaba con el sacerdote de tu familia. Yo no sé cómo lo ha instruido, pero ahora al volver a la familia mi hijo va a misa y recibe la comunión cada día”. He aquí pues cómo el Señor puede hacer que el desierto florezca y sacar miel de la guarida del león. |