El Espíritu Santo presente en todas partes y protagonista de la MisiónPor Eloy Bueno de la Fuente
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El Espíritu, a diferencia del Padre y del Hijo, es más
difícilmente objetivable porque carece de figura o analogía humana que
lo haga fácilmente comprensible por el hombre. Su mismo nombre (“espíritu”
y “santo”) tampoco parece pertenecerle en propiedad dado que también
Padre e Hijo pueden ser designados “espíritu” y “santo”. A
pesar de todo la revelación y la historia de la salvación evidencian
la presencia de un “tercero” en la Trinidad, sin el cual la comunión
y la comunicación trinitaria quedarían inconsumadas. Es precisamente su misión, la misión de la que es
protagonista y que le caracteriza, la que mejor nos permite acercarnos a
la comprensión de la tercera persona de la Trinidad. Y a la vez, y
precisamente por eso, la misión cristiana recibe una luz más pura y
una fuerza más genuina. La categoría/símbolo Gozo
es la que mejor nos permite acceder a la comprensión del Espíritu. Con
claros indicios en el texto neotestamentario S. Hilario de Poitiers nos
orienta en esa perspectiva cuando habla de “la eternidad en el Padre,
la belleza en la Imagen y el gozo en el Don” (De
Tr II 1). En la misma lógica S. Agustín dirá que la reciprocidad
Padre-Hijo no se da sin fruición, sin amor, sin dicha, sin felicidad (De
Tr VI 10,11). El Gozo en
el que el Padre engendra el Hijo, que es el Gozo
en el que el Hijo se reconoce recibido del Padre, permite comprender
todo el dinamismo del Don que constituye a Dios mismo. No puede, en
consecuencia, dejar de ser protagonista también de una misión, como la
cristiana, que vive del gozo espontáneo de la comunicación para celebrar la alegría del Reino y de
la Pascua. El Espíritu está presente en el conjunto de la
realidad, ya desde el inicio de la creación, según la expresión de
san Justino (a mitad del siglo II): el Espíritu es el gozo de Dios y el
adorno de las criaturas: el gozo de Dios en cuanto que se comunica, y el
adorno de las criaturas en cuanto que es el que hace que del caos
inicial (de que habla Gn en su inicio) se configure el cósmos, es
decir, el orden y la belleza de lo que existe. En la misma línea san Ireneo (en la segunda mitad
del siglo II) presentaba la acción creadora de Dios respecto al hombre
de un modo muy gráfico: el Padre se puso de rodillas, y del barro modeló
la figura de Adán (que incluye tanto al varón como a la mujer) según
la imagen del Hijo y el insufló su Espíritu para que pudiera vivir y
desarrollarse; de este modo Adán “nunca podrá salir de las
manos de Dios” (el santo designaba al Hijo y al Espíritu como
“manos” de Dios, ya que el Padre actuaba siempre por medio de ambos,
que acompañan el devenir
histórico de la humanidad). De este modo es comprensible que el Espíritu
se encuentre siempre en el conjunto de la creación y de la humanidad,
por lo que podremos decir que el Espíritu espera y llama desde fuera
desde fuera con la
misma intensidad con que podemos decir que empuja desde dentro. En esta
doble perspectiva se puede comprender el protagonismo del Espíritu en
la misión. 1.
El Espíritu en el Antiguo Testamento Ya en el Antiguo Testamento el Espíritu se muestra como el desbordamiento y el exceso de Dios que se comunica hacia fuera y que irrumpe como salvador en la historia de los hombres. En cuanto armonía que hace un cosmos a partir del caos primordial, puede ser considerado como el adorno de las criaturas. Como aliento que anima al hombre hecho de barro y le abre a la historia y a la maduración, puede ser considerado como origen y fuente de vida. De su acción en el decurso del Antiguo Testamento interesa poner de relieve fundamentalmente dos aspectos: a) es el encargado de desbloquear el desarrollo de la promesa (cuando el pueblo está a punto de ser derrotado por los adversarios, el Espíritu suscita un líder que lo conducirá a la victoria: Jue 3,10; 6,34; 11,2; igualmente abre un camino en el mar cuando los egipcios vienen a destruirlos: Ex 14,21); b) cuando amenaza la corrupción o la infidelidad, el Espíritu suscita profetas que interpreten los signos de los tiempos y que recuerden el amor primero de la alianza invitando a la conversión (Os 2,14-16), es decir, contribuye a la edificación del pueblo a fin de que sea fiel a su vocación, a la misión que se le ha encomendado. Pero a la vez el don del Espíritu se va convirtiendo
en contenido y garantía de los bienes mesiánicos, de la promesa
anhelada, de la “alianza eterna” (cf. Jer 32,40). El Espíritu será
el gozo de la salvación obtenida (cf. Is 11,1-11; Ez 36,25-28; 37,10) y
su efusión sin limitaciones será el signo de los tiempos finales, de
la meta que Dios tiene pensada para la historia (Jl 3,1-5). El Espíritu,
por ello, ungirá con su fuerza al profeta que en los tiempos finales
instaurará la justicia definitiva de Dios (Is 61,1ss). 2.
El Espíritu en la misión del Hijo El Espíritu por ello debe ser protagonista en la
misión del Hijo. Más aún: su acción es necesaria para la
autocomunicación del Padre en la misión del Hijo. El Espíritu no es
simplemente el “tercero”, el que viene después de las acciones del
Padre y del Hijo, ni puede quedar reducido a ser el “don” que Jesús
envía a los creyentes después de su resurrección. El co-protagonismo
del Espíritu debe ser reconocido con toda claridad, pues de hecho
aparece también precediendo a la misma acción de Jesús. El
“exceso” de Dios en la encarnación es posible por la presencia del
Espíritu, y su alegría resuena en las actitudes de quienes son
testigos de la venida del Mesías (como se muestra repetidamente en los
primeros capítulos de Lucas). La acción pública de Jesús desde el momento en que
abandona la vida privada en Nazaret va siempre acompañada (y hasta
“precedida”) por la acción del Espíritu: se manifiesta en el
momento del bautismo de Jesús para expresar la novedad de la misión
mesiánica del Hijo (Mt 3,16), unge a Jesús (Hch 10,38) para que pueda
realizar las obras salvíficas propias del profeta de los últimos
tiempos (Lc 4,11-21 que remite a Is 61,1). La eficacia de las palabras y
de las acciones de Jesús se debe a la presencia del Espíritu, que hace
posible la “alegría de Dios” que caracteriza a Jesús. Por eso éste,
“inundado del gozo del Espíritu” (podríamos traducir también
“del gozo que es el Espíritu”) alaba al Padre porque los pequeños
y sencillos van acogiendo el anuncio del Reino. El Espíritu es
prometido por Jesús como el don que recibirán los creyentes tras su
glorificación (Jn 7,38-39), como el abogado o consolador (Jn 14,16.26;
16,7), como la fuerza que les acompañará cuando deban dar testimonio
en circunstancias de peligro o persecuciones (Mt 10, 19-20). Resulta lógico
por ello que el envío de los apóstoles por parte de Jesús vaya acompañado
del don del Espíritu (Jn 20,22). 3.
El Espíritu en la misión de la Iglesia La misión del Espíritu no se reduce a acompañar y
sostener la misión histórica de Jesús. Su protagonismo va unido al
despliegue de la misión de Jesús a raíz de los acontecimientos
pascuales, y por ello mismo acompaña el nacimiento de la Iglesia y de
su misión universal. El Espíritu es el poder en el que el Padre resucita
a Jesús (cf.2Cor 13,4; Rom 1,3; 6,4; Ef 1,19-20), y es el que hace
posible la prolongación y la universalización de la misión de Jesús
(1Cor 15,42-44; 2Cor 3,17). De este modo el Espíritu es también co-fundador
de la Iglesia en cuanto que, actualizando al Señor Resucitado, es la
fuente de la alegría pascual: la vida cristiana no puede ser más que
“gozo en el Espíritu” (Gal 5,22), pues “el Reino de Dios”
anunciado por Jesús “no es comida ni bebida, sino justicia y paz, y
gozo en el Espíritu” (Rm 14,17). La alegría en la que surge la
Iglesia y que empuja a la comunicación sin limitaciones es manifestación
primaria y genuina de esa “fuerza exuberante del Espíritu” (1Tes
1,5). Esta exuberancia del Espíritu en el nacimiento de la
Iglesia se manifiesta igualmente en su crecimiento y desarrollo. A ello
apunta la pluralidad de carismas que florecen en la Iglesia para la
edificación de la Iglesia. Conviene observar sin embargo que los
carismas no son nunca un privilegio particular sino que debe ser puesto
al servicio de los demás (1Pe 4,10). Esta edificación de la comunidad,
además, no puede ser cerrada en sí misma, sino que tiende a un más
adecuado ejercicio de la misión evangelizadora de la Iglesia (cf. 1Cor
8,11; 9,19-23; 10,32). Es significativo por ello que Pablo hable de los
carismas especialmente cuando habla de la Iglesia como Cuerpo de Cristo
(Rom, 12; 1Cor12), que proyecta en el tiempo y en el espacio la salvación
recibida de su Cabeza. Un criterio fundamental de los carismas, en
consecuencia, debe ser su capacidad de edificar la comunidad eclesial en
el servicio misionero. Aunque sólo en una ocasión Pablo menciona
directamente al Espíritu como donador de los carismas (1Cor 12,4.9),
esta atribución se ha hecho usual, fundándose en la función que el
Espíritu desempeña en la historia de la salvación (cf. Ez 36,26ss; Jl
3,1ss; Is 11,2) y en la misma Iglesia: la Iglesia es la morada o el
templo que el Espíritu se abre en medio de la humanidad para que todos
los hombres puedan participar de los dones salvíficos. Por eso se puede
decir que “el cuerpo de los cristianos es templo del Espíritu”
(1Cor 6,19) o que los cristianos son las “piedras vivas” de la casa
del Espíritu (cf. 1Pe 2,4-8), pues todos ellos son “edificados para
morada de Dios en el Espíritu” (Ef 2,19-21). Es la existencia
cotidiana, la vida entera (cf. Rm 12,1; Col 3,16; Ef 5,19), la que
actualiza la presencia del Espíritu reconciliando a los hombres o
reunificando a los pueblos diversos. La vinculación Espíritu-Iglesia
ratifica la naturaleza intrínsecamente misionera de la Iglesia, porque
prolonga y sacramentaliza la misión misma del Espíritu. 4.
La misión de la Iglesia a la luz de Pentecostés El dinamismo misionero de la acción del Espíritu se
manifiesta en el devenir de la Iglesia desde sus orígenes, sobre todo
si se contempla a la luz de Pentecostés. Pentecostés es el
acontecimiento en el que se manifiesta de modo más esplendoroso y
transparente el modo de ser propio del Espíritu, y por ello la impronta
y el aliento que introduce en la Iglesia. Afirmar que la Iglesia debe
ser pentecostal equivale a recordar la fidelidad que debe guardar a la lógica
de Pentecostés. Pentecostés debe ser considerado como momento
integrante del evento pascual, y por ello como acontecimiento fundador
del que la Iglesia debe hacer memoria continuamente (de modo especial en
la celebración del sacramento de la confirmación). El Espíritu, decíamos, es co-fundador de la
Iglesia. Esta, sobre la raíz del grupo de los Doce, nace en el seno de
la alegría pascual, del encuentro con el Resucitado, tal como se
celebra y se vive en el cenáculo. Pero el cenáculo no es el futuro de
la Iglesia. En tal caso podría caer en el narcisismo sectario o en el
repliegue ante los peligros externos. La Iglesia del cenáculo debe
salir, salir al exterior, a lo desconocido, a las encrucijadas y
conflictos de una humanidad dividida. La energía y la convicción de
esa salida es fruto y acción del Espíritu, que quiere ampliar su
morada a todos los pueblos. La Iglesia que sale del cenáculo se
confronta con toda la amplitud de su misión, con la infinidad de
caminos que debe recorrer, con las numerosas orillas que debe cruzar. El relato de Lucas en Hch 2 deja ver con claridad
todo el alcance del acontecimiento. Es patente el transfondo de Babel (símbolo
de la desintegración de una familia humana que levanta abismos de
incomunicación). Por eso Lucas enumera con detalle la pluralidad de
procedencia de los judíos allí presentes. El milagro del anuncio del
evangelio consiste en que, desde las propias diferencias, se produce el
encuentro y la reunificación (todos captan el mismo mensaje salvador).
Con ello se dibuja lo que ha de ser el futuro de la Iglesia: ir
pasando a los otros para nacer
de entre los otros, superando las barreras humanas, elevando un
himno común al Padre de todos. Por eso podrán repetir los Santos
Padres que allí estaba presente la Iglesia que habla todas las lenguas.
Por ello, sin ningún tipo de exageración, se puede afirmar que la
misión del Hijo y del Espíritu confluyen en Pentecostés, en la
iglesia de Pentecostés. Este Espíritu que empuja
desde dentro es el que también, y con la misma urgencia, llama y espera desde fuera. A este “Pentecostés de los judíos” seguirán
otros “nuevos Pentecostés” que van ampliando la morada del Espíritu
entre los pueblos. Su dinamismo se va ampliando geográficamente (cf.
Hch 1,8; 9,31), pero también en sentido étnico-religioso: a partir del
centro judío de Jerusalén se va produciendo un acercamiento a los
samaritanos, a los prosélitos, a los temerosos de Dios, a los gentiles
en sentido propio. Este cruce de orillas, siempre difíciles y arriesgadas, va a ser posible
gracias a la acción y a la novedad del Espíritu (cf. Hch 8,14-17; 9,
26-39). Más llamativo es el “Pentecostés de los
gentiles” que acontece en casa de Cornelio: Pedro ha de dar el paso
hacia los gentiles, es decir, ha de bautizar a Cornelio porque “han
recibido el Espíritu igual que nosotros” (Hch 10, 47). Es el Espíritu,
por tanto, el que está llamando
a Pedro desde fuera, desde los otros.
Dentro de la misma lógica se encuentra la experiencia de Pablo narrada
en Hch 16,6-10: cuando el apóstol pretendía finalizar su viaje
misionero (porque no quería atravesar el mar dejando Asia Menor para
adentrarse en Macedonia, ya tierra europea), el Espíritu se lo prohibió
y se le aparece en sueños (bajo la figura de un macedonio) para
reclamarle: “cruza el mar y ayúdanos”. Comprendiendo que Dios los
llamaba para evangelizar a los que se encontraban en la otra orilla del
mar, Pablo y sus acompañantes pasaron a Macedonia. El Espíritu se
muestra como protagonista y agente principal de la misión de la Iglesia
porque la ayuda a salir, a cruzar orillas. La llamada a la misión universal es dirigida también
directamente a una iglesia concreta, como sucedió en el caso de
Antioquia según el relato de Hch 13,1-3: estando reunidos en oración,
en un contexto litúrgico y de discernimiento, el Espíritu pidió que
Bernabé y Pablo fueran dedicados “a la obra para la que los llamo”.
La “obra del Espíritu es sin duda la evangelización, la extensión
de la Palabra. Esta, procedente de Jerusalén, había llegado a
Antioquia, dando origen a una comunidad eclesial. Cada una de éstas
alcanza su madurez eclesiológica en la medida en que va asumiendo su
responsabilidad misionera: por eso envía a sus miembros más
cualificados para que, en nombre de todos, cooperen en la obra del Espíritu. |