Siente la misión en tu corazón
En esta época, que tanto se afana para que los humanos nos apreciemos mucho más y para que sepamos ayudarnos con gestos de auténtica amistad, hemos pensado que el lema para la Jornada de Infancia Misionera se base en el corazón. No es algo sentimentalista y menos con rasgos de afectividad pusilánime lo que deseamos anunciar y proclamar. Sentir la misión en el corazón supone una disposición interior que lleva a ofrecer la vida como agradecimiento a Dios y en oferta generosa a aquellos que componen el género humano. Tenemos el ejemplo de los santos que supieron hacer de su corazón una entrega consagrada y generosa a Jesucristo y a los necesitados. Los santos han sido testigos del amor de Jesucristo y han sabido confiar plenamente en él durante toda la vida. La misión es esto y nada más. Me alegra que los niños sepan apreciar la amistad de Jesús; él es el verdadero amigo que nos ayuda a ser amigo de todos. El ejemplo de los misioneros tiene como base este modo de vivir. De ahí que la misión hemos de sentirla en nuestro corazón porque, si se convirtiera en algo frío y sin el calor del amor y de la caridad, estaríamos haciendo una experiencia absurda e inútil. Para vivir de esta manera conviene apreciar las virtudes y valores que se nos desvelan en el Evangelio. ¿Quién no tiene presente la experiencia de San Francisco Javier que, siendo un joven, bien apuesto y con un futuro lleno de éxitos, un día conoce a San Ignacio de Loyola y deja los estudios, que estaba realizando en la Universidad de París, y se dedica a predicar y a bautizar a miles y miles de hombres y mujeres en el continente asiático? Fue un intrépido misionero que sembró el Evangelio en ambientes muy difíciles. Su labor provocó un estilo de vida nueva para muchos y ahora sus frutos se siguen dando en tantos países de Asia que, como en Filipinas, el cristianismo es mayoritario. Su corazón se mostró siempre con generosidad hacia aquellos que no conocían a Jesucristo y hacia los pobres; y a sus compañeros, que seguían estudiando en la Sorbona, les invitaba a dejarlo todo y dedicar su vida a los demás para anunciar la grandeza del amor de Dios y de la caridad con los hermanos. Él mismo afirma: “Muchas veces me mueven pensamientos de ir a los estudios de esas partes, dando voces, como hombre que tiene perdido el juicio, y principalmente a la Universidad de París, diciendo a los que tienen más letras que voluntad, para disponerse a fructificar con ellas: «Cuántas almas dejan de ir a la gloria y van al infierno por la negligencia que ven en nosotros»”. A
lo largo de este año que acabamos de estrenar celebraremos el quinto
centenario de su nacimiento, hecho que tuvo lugar en la preciosa villa
de Javier (Navarra). Será éste un buen momento para profundizar sobre
el sentido que estamos dando a la misión. No podemos quedarnos únicamente
en la utopía de los buenos deseos porque esto no es la misión. La misión
se fundamenta y se sostiene en la fuerza amorosa y arrebatadora de
Jesucristo, que llega al corazón del ser humano y lo convierte a la
gracia y al amor. Es una disposición para ofrecerse a Dios: “Aquí
estoy, Señor, ¿qué quieres de mí y qué debo hacer? Envíame donde
quieras y sobre todo para ponerme al servicio de tu Reino”. Lo demás
se dará por añadidura: la justicia, la solidaridad y la paz. Por
Monseñor Francisco Pérez González |