Las claves de la violenciaEl aval de toda religión es el amor y el fomento de la paz, señal inequívoca de la presencia de Dios Ante las constantes aberraciones violentas que se hacen presentes en nuestra sociedad conviene advertir que no es una novedad puesto que en cada época se han ido manifestando diversas expresiones de violencia que, en muchos casos, eran fácilmente atacadas y vencidas, y en otros resultaba más difícil. La violencia tiene como raíz y centro la desobediencia a Dios que ya desde el principio vemos en las primeras páginas de la Biblia. No es un factor de pura distorsión psicológica sino que tiene sus hondas raíces en el pecado; el ser humano es capaz de pecar y si esto se hace presente en su vida rompe con el diseño que Dios le ha marcado. Por eso la violencia tiene como primera fuente y rostro al pecado. En una sociedad que tiene falta de fe, le es muy difícil comprender esta realidad. Pero, queramos o no, la cara del pecado nos expresa la primera causa de la violencia. La violencia tiene otras caras y se ha de descubrir a cada una de ellas sin miedos y con sincera apertura. Nunca se puede justificar la violencia: ni por razones ideológicas, ni por razones culturales y menos por razones religiosas. La violencia manifiesta la falta de dignidad en la persona. Por eso nunca se puede aplaudir y menos justificar. Otra de sus caras es la ausencia del sentido del padre; basta ver la cara de un niño cuando no tiene la posibilidad de ver a su padre y a su madre juntos y unidos, en su rostro se puede vislumbrar el drama que existe dentro. Y ese drama –muchas veces– se manifiesta y se expresa con rasgos huraños, despreciativos y violentos. Cuando se pierde “el sentido del padre” se derrumba psicológicamente el interior de la persona y utiliza como arma arrojadiza la fuerza de la violencia. Una tercera cara de la violencia es la sistemática ideologización de las estructuras de poder. La lucha por el poder crea situaciones de auténtica locura social y provoca un modo de vivir y de dirigir que conlleva el rechazo de plano del modo de pensar del adversario. La ideología impuesta es cultivo de violencia y de confrontaciones interpersonales. Es lo que se ha venido en llamar la idolatría de las ideologías. Al final es una demostración de la tiranía más absoluta que destruye cualquier signo de sana y justa libertad. Desde esta clave se justifica todo, y el terrorismo, por ejemplo, se convierte en un estilo de actuar donde todo es válido siempre y cuando no se sacrifique la ideología del mismo. Es una aberración profunda que tiene sólo una vía de salida: la conversión del corazón al bien y a la verdad. Otra cara de la violencia es el fundamentalismo religioso. En una auténtica religión no cabe la violencia y menos la organizada. La religión es cauce de paz y de amor; si fallara alguno de estos principios básicos, ella misma se convertiría en una máscara engañosa. La religión, si es auténtica, nunca impone y siempre propone. La fe es respetuosa y, como una luz, muestra un camino de vida a la que se adhiere quien quiere. Nada hay más nocivo a la religión que fomentar espacios de odio y rencor; esa religión no es verdadera. El aval de toda religión es el amor y el fomento de la paz, señal inequívoca de la presencia de Dios. Por
Monseñor Francisco Pérez González |