Reino de Amor y Plenitud

Cuando los seres humanos buscamos un espacio mucho más agradable, todos queremos sentirnos amados y perdonados. Es una exigencia que nace del corazón y de la verdadera relación humana. Nos hacemos muchas reflexiones y, a menudo, nos decimos: “Si todos nos lleváramos mejor, seríamos más felices y las cosas irían mejor también”. A veces nos esclavizamos a nosotros mismos porque la capacidad de amar y perdonar no sólo cuesta, sino que su práctica nos parece muy difícil de realizar. Es cierto que no es un camino fácil, pero es un camino posible. Todos conocemos personas cuyas vidas han sido un verdadero ejemplo y las tenemos muy presentes en nuestro recuerdo. Pero, si ahondamos un poco en esas vidas, comprobamos que estas personas han sido hombres o mujeres de una fe profunda. Sus vidas han sido reflejo del Reino en el que han creído y que Cristo mismo ha instaurado.

La experiencia nos demuestra que por nuestra propia voluntad no podemos realizar nada, si no hay un motivo superior que lo sustenta y propicia. Quien ama a Cristo está instaurando un nuevo Reino que es paz, amor y misericordia. Es el único que puede, como Rey del universo, hacernos llevar una vida distinta a la que provocan los “reinos egoístas” de un mundo hastiado de sí mismo. La libertad, la fraternidad y la alegría son claves esenciales que, si se viven, demuestran la calidad de vida que existe en nuestra experiencia como personas.

La libertad humana, si está desvinculada de la verdad, es una de las expresiones “del relativismo que, al no reconocer nada como definitivo, deja como última medida el propio yo con sus caprichos; y, bajo la apariencia de la libertad, se transforma para cada uno en una prisión” (Benedicto XVI). La fraternidad, si no tiene como base un amor oblativo y entregado como el de Cristo, se convierte en una filantropía interesada que frustra todo lo que aparentemente se había construido. Y la alegría, cuando nace de una experiencia gozosa y bebe directamente de las fuentes del amor y de la misericordia, se convierte en un raudal de felicidad que nadie puede arrebatar.

Por eso, la experiencia cristiana es una experiencia de un Reino que no tiene fronteras y que no acaba si no es en la eternidad. “Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los demás la amistad con Él” (Benedicto XVI). En medio de las dificultades dramáticas en las que se encuentra la sociedad, con la “noche cultural y social” que padece, “la Iglesia en su conjunto ha de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquél que nos da la vida, y la vida en plenitud” (Benedicto XVI). Los cristianos tenemos la obligación de anunciar este Reino a todos, y más cuando hay un gran vacío en las realidades humanas.

Por Monseñor Francisco Pérez González
Arzobispo de Pamplona-Tudela y Director Nacional de OMP
Revista Misioneros Tercer Milenio, diciembre de 2007