La fuerza de la pazCuando en la sociedad y en el mundo entero se ciernen ciertas nubes de inseguridad a causa de la violencia y de los conflictos que fragmentan pueblos y ciudades en distintos lugares del mundo, nos ponemos “de rodillas” ante el Señor de la vida y de la historia de la humanidad para que impere la racionalidad, el respeto mutuo y la fraternidad que Jesucristo nos ha legado como signo de su amor en medio de nosotros. La paz es un derecho y un deber de toda persona humana; no es un añadido a la vida, sino una necesidad que parte de la más íntima y honda dignidad de toda la humanidad. Por ella se respeta la vida en sus distintas facetas, desde que se nace hasta que se muere. No son signos de esta paz la leyes que emergen de los parlamentos y que provocan “estructuras de muerte”. Al final, como dice la tradición sabia del pueblo, “en el pecado está la penitencia”. La
paz es la riqueza mayor que ha de valorarse en la sociedad, sin ella la
humanidad pierde su identidad y “echa por tierra” el diseño más
hermoso que el Creador ha plasmado en la misma. La paz no se consigue
por imperativos de voluntarismo, sino con disposiciones interiores que
cambian las actitudes para donde haya odio poner amor, donde haya
discordia poner perdón y unión, donde haya guerra poner armonía
social y respeto intercultural. No
son caminos fáciles, pero sí posibles en tanto en cuanto se busquen
claves y señales de hondura humana. Las religiones han de ser
exponentes firmes y seguros de esta experiencia de paz y así han de
transmitirla a los demás. Una religión que busque atajos de violencia
o de animadversión se desprestigia por sí misma: no es religión sino
una caricatura que falsea y afea a la auténtica religión. La sociedad está demandando estas señales de veracidad y autenticidad para que los valores tan imprescindibles como son la concordia, la mirada alegre y gozosa –entre hermanos– vayan “haciéndose camino”. A partir de este año 2007 deseamos que reine mucha más paz entre las naciones y que la sombra oscura del terrorismo se convierta en luz esplendorosa de desarme, de concordia y de solidaridad. En pleno siglo XXI no se entiende que haya sombras tan oscuras, ahora que se promueve por doquier los “derechos humanos”, la relación globalizada de la solidaridad, la concordia como método seguro de dignificación humana. El Papa Benedicto XVI, con motivo de la Jornada de la Paz, ha proclamado que “la persona humana es el corazón de la paz”. Quien pretenda marginar, depreciar y relativizar a la persona humana está cayendo en la tiranía del autoritarismo. La persona se convierte en un objeto aprovechable o desechable, según la mentalidad materialista. De ahí que la paz es un regalo que hemos recibido y se ha de trabajar en los distintos ámbitos de la sociedad. Al final del camino, Dios nos juzgará del amor y esto porque la caridad es el rostro vivo y amigo de la paz. Por
Monseñor Francisco Pérez González |