Cuaresma,
momento de revisión
Hay
momentos que piden hacer un alto en el camino y ponerse a reflexionar.
Y este es el tiempo de Cuaresma, momento que nos prepara para celebrar
con intensa espiritualidad la Pasión, Muerte y Resurrección de
Jesucristo. Pero, con demasiada frecuencia, ocurre que estamos tan
atareados con nuestros trabajos, ocupaciones y preocupaciones que nos
cuesta hacer un “stop”. Tal vez buscamos justificaciones para
demostrar que la vida nos mueve en esta vorágine y que nadie lo puede
impedir, pero en el fondo son impulsos que nos llevan a generar
insatisfacción, cansancio vital y hasta hastío. En la hondura del
corazón todos deseamos el alivio profundo y el descanso anímico que sólo
un sentido de trascendencia puede colmar.
Estamos
en Cuaresma, tiempo y momento de revisión de vida. Hacer un examen de
nuestros actos y de nuestras actitudes es buena terapia para reconducir
los caminos que nos llevan a la paz interior y al fortalecimiento. No
podemos dejar al lado, como si de un trasto se tratara, la esencia de
nuestra vida. Acudimos al médico para revisar el cuerpo y ¿por qué no
acudimos a Dios, que se hace presente en los Sacramentos, para revisar
el espíritu? Desde hace años sustento, como alimento fundamental, el
acercarme a Dios por el medio del Sacramento de la Confesión. Me
alivia, me fortalece, rejuvenece y me llena de una gran paz. Palpo el
amor misericordioso de Dios. Pero cuando, como ministro de dicho
Sacramento, lo administro a los demás, encuentro la razón de ser
sacerdote.
Hace
un tiempo seguí el proceso de la enfermedad de un joven y después de
su conversión y acercamiento a la vida cristiana murió. El día del
entierro, dentro de mí, había una gran paz y, al mismo tiempo, un
agradecimiento a Dios, puesto que se había servido de mi ministerio
sacerdotal para propiciar a dicho joven el encuentro con el Señor y de
poder recibir su gracia santificante a través de los Sacramentos. Al
final fui a una Iglesia, me arrodillé ante el Sagrario y le dije al Señor:
“Sólo por este momento me hubiera hecho sacerdote”. Las lágrimas
que derramé eran expresión de emoción profunda y de agradecimiento
porque aquel joven era ya partícipe de la felicidad eterna.
Bien
merece que durante este tiempo de Cuaresma podamos hacer un profundo
examen de conciencia, advertir cómo va nuestra vida y hacer una buena
Confesión. Cuando pasa Dios por nosotros deja un rastro de eternidad y
de profunda alegría. Abrir el alma a un sacerdote es abrirla a Cristo
que ha dicho: “A quienes perdonéis los pecados, les quedan
perdonados”. No es el sacerdote sino Jesucristo en él quien perdona.
¡Ánimo
y vivamos una Cuaresma de preparación y renovación interior, es decir,
de conversión! De esta manera y modo haremos ya el camino de encuentro
con el Resucitado, que celebraremos en la Pascua. Dios nos hace un
regalo que supera a cualquier otro que pudiéramos recibir y es el de su
amor. Jesucristo nos lo ha garantizado.
Por
Monseñor Francisco Pérez González
Arzobispo Castrense y Director Nacional de OMP
Revista Misioneros Tercer Milenio, marzo de 2007
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