Como Pablo, ser misionero hoy

Estamos celebrando el “Año Paulino” como tiempo de gracia y gratitud a este gran apóstol de los gentiles. Recordamos su vida y tenemos la impresión de que mucho tuvo que amar a Jesucristo como para entregar generosamente su vida a favor del Evangelio. Se dedicó a llevar, con su palabra y su vida, la fragancia del Evangelio, como embajador de Jesucristo. Por ello, exclama: “Predicar el Evangelio no es para mí motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1Co 15,16). Su experiencia es tan profunda y está tan impregnado de amor que no puede por menos que identificarse con Cristo y difundir en todas partes el olor de su conocimiento, “pues nosotros somos para Dios el buen olor de Cristo” (2Co 2,14-15). Pablo, realizando un servicio profundo por el bien de los demás y para que descubran la grandeza de creer en el Salvador de la humanidad, no puede dejar de entregarse, puesto que dirá: “Por mi parte, muy gustosamente gastaré y me desgastaré totalmente por vuestras almas” (2Co 12,15).

El apóstol Pablo se dejó llevar por la voluntad de Dios y siempre fue fiel a su proyecto misionero. Él mismo se consideraba como “encadenado por el Espíritu” (Hch 20,22) y esto porque, camino de Damasco, se topa con Cristo, que le lleva a la conversión del corazón. Ya no se dedica a perseguir y a matar, sino que se deja encadenar por el Espíritu para ser auténticamente libre. Quien se encadena al Espíritu Santo es libre, y la razón fundamental es porque sólo desde el amor se puede ser libre. Dos personas que se aman se encadenan, se unen, se ayudan, se fortalecen. A Pablo le urge anunciar la caridad de Cristo; urge que él reine y nos una en su amor.

Este año dedicado a San Pablo, inaugurado el 28 de junio en la Basílica de San Pablo Extramuros de Roma por el Papa Benedicto XVI, ha de ser un revulsivo esencial en la experiencia de los creyentes, para demostrar que la misión es ley fundamental de todos, sin cansarse de anunciar con gestos, palabras y hechos que Jesucristo es el único Salvador del género humano. Una Iglesia misionera es una Iglesia siempre viva a pesar de las dificultades que haya para el anuncio. Quien vive de Cristo no puede por menos que anunciarlo, pues de lo contrario se convertiría en un cristiano falseado.

Espero que la Jornada del DOMUND 2008, que celebramos el día 19 de octubre, sea un tiempo de gracia y esperanza para que todos los españoles mostremos, con generosidad y alegría, la nobleza de nuestro corazón, que es el rostro amoroso de una fe secular que ha hecho posible que muchos hayan optado por la misión. Agradezco a todos, y de modo especial a nuestros misioneros, todo el bien que realizan con su servicio generoso a Cristo y a su Iglesia en los pobres y desvalidos de la Tierra. Que fomentemos en nuestros niños y jóvenes este espíritu misionero para que muchos se sientan llamados por Cristo a ser “misioneros de la esperanza”.

Por Monseñor Francisco Pérez González
Arzobispo de Pamplona yTudela y Director Nacional de OMP
Revista Misioneros Tercer Milenio, octubre de 2008