| V CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE SAN FRANCISCO
JAVIER
Homilía
del Cardenal Antonio Rouco Varela
Por
Antonio María Rouco Varela
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Majestades
Javier: la
historia apasionada de una sublime vocación misionera Hoy
se cumplen quinientos años del nacimiento de San Francisco Javier.
Hijo, el quinto, de una culta y cristianísima familia navarra que tuvo
aquí en este Castillo y Lugar de Javier su cuna y hogar. Familia de
nobles raíces y de añejos y fieles compromisos con la Iglesia y el
Reino de Navarra. Familia, en la que destacaba por su fino estilo de
cristiana ejemplar, la madre, Dña. María de Azpilcueta. Juan Pablo II
en su visita a Javier el 6 de noviembre de 1982 no dudó en exhortar a
las familias cristianas a mirarse en el ejemplo de esta familia ilustre
de Navarra: “Familias cristianas… miraos también en la acción
edificante de los padres de Javier, especialmente su madre, que hicieron
de su hogar una ‘iglesia doméstica’ ejemplar”. Francisco
Javier fue uno de esos españoles universales –¡verdadera pléyade!–
que poblaron esa España prodigiosa del siglo XVI, que ha dejado una
huella imborrable en la historia de la Iglesia y de la humanidad por
llevar el nombre de Jesús y la señal de la Cruz a nuevos mundos y por
alumbrar una concepción teológica de la dignidad del hombre, imagen de
Dios, persona libre, dotada de derechos inviolables, llamada a realizar
en la historia el plan del amor de Dios “trazado desde antiguo” –¡desde
toda la eternidad!– para la gloria de Dios y la felicidad del hombre.
Concepción que ha marcado para siempre el recto camino de la
configuración justa y solidaria del Estado y de la comunidad
internacional. Javier fue el más intrépido de todos ellos; el que
encarnó con una inaudita radicalidad la obediencia al mandato del Señor,
el día de su Ascensión a los cielos, cuando se dirige a los suyos,
“los Doce”, aún vacilantes a pesar de sus experiencias reales y
objetivas de la Resurrección, a pesar de haber visto y constatado que
el Señor había vencido gloriosamente a la muerte: “Se me ha dado
todo poder en el cielo y la tierra: Id y haced discípulos de todos los
pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”. Javier
no duda un instante cuando su padre, amigo y compañero, Ignacio de
Loyola, le pide que abra los surcos de la Misión en las otras Indias,
las de Oriente, las del inmenso y lejano Continente Asiático, distintas
de las descubiertas por Cristóbal Colón medio siglo antes. Serán diez
años de intensa y heroica acción misionera: años de joven madurez
humana y espiritual que comienzan en Goa el año 1542 y concluyen en la
Isla de Sancián mirando a las costas del Gran Imperio de China el día
de su muerte, el 3 de diciembre de 1552. Desde aquellos primeros
contactos con la población india de la incipiente colonia portuguesa de
Goa, que le agotan y le espolean en su ardor misionero a la vista del
ansia de Dios y de Evangelio que encuentra, especialmente entre los niños,
hasta ese día en que, extenuado frente al gran reto de llevar la Misión
a la China acariciada y soñada tantas veces, fallece, no pasará un
momento en que la entrega a su vocación, la de anunciar a Jesucristo
Salvador del hombre, hubiese decaído lo más mínimo; antes al
contrario, se sentía cada vez más confirmado en ella y en la necesidad
de que la Iglesia en los países de la vieja cristiandad tomasen
conciencia de su urgencia y apremio. Conmovía
a Javier el que “cuando llegaba a los lugares –así lo escribe a San
Ignacio desde Tuticorin, en la India portuguesa, el 28 de octubre de
1542–, no me dejaban los muchachos ni rezar mi oficio ni comer, ni
dormir, sino que los enseñase algunas oraciones. Entonces comencé a
conocer por qué de los tales es el reino de los cielos”. Y, le conmovía
todavía más –como lo refleja lo que escribe a sus compañeros
residentes en Roma desde Cochín el 15 de enero de 1544– que “muchos
cristianos se dejan de hacer en estas partes, por no haber personas que
en tan pías y santas cosas se ocupen. Muchas veces me mueven
pensamientos de ir a los estudios de esas partes, dando voces, como
hombre que tiene perdido el juicio, y principalmente a la universidad de
París, diciendo en Sorbona a los que tienen más letras que voluntad,
para disponerse a fructificar con ellas: ¡cuántas ánimas dejan de ir
a la gloria y van al infierno por la negligencia de ellos! Y así como
van estudiando en letras, si estudiasen en la cuenta que Dios nuestro Señor
les demandará de ellas, y del talento que les tiene dado, muchos de
ellos se moverían, tomando medios y ejercicios espirituales para
conocer y sentir dentro de sus ánimas la voluntad divina, conformándose
más con ella que con sus propias afecciones, diciendo: ¡Aquí estoy,
Señor, ¿qué quieres que yo haga? Envíame adonde quieras; y, si
conviene, aún a los indios”. Eso es lo que había hecho el propio
Javier, sobre todo desde aquellos treinta días de Ejercicios
Espirituales del mes de septiembre de 1534 en los que cuaja
definitivamente su conversión, forjada en la larga y delicada amistad
con Ignacio de Loyola y su grupo de los seis “amigos del Señor” en
el bullicioso mundo universitario parisino de la década de los años
treinta del siglo XVI, inquieto por el debate intelectual y religioso
suscitado por el humanismo erasmista y las nuevas ideas teológicas de
los llamados “novatores” y “reformadores”. Participando
activamente en él se podía encontrar allí, entre otros conocidos
partidarios de las nuevas ideas, a Juan Calvino; uno, luego, de los más
influyentes y relevantes en la historia de la Reforma Protestante.
“¿Qué
te importa, Javier, ganar todo el mundo si pierdes tu alma?” La cuestión,
que le planteaba Ignacio machaconamente al hilo de las palabras de Jesús
(cfr. Mt. 18,23-20), le había impulsado a dar un vuelco a su vida de
joven profesor universitario, ambicioso de puestos y honores, de
triunfos mundanos en la Corte o en cargos eclesiásticos. Javier lo deja
todo por Cristo y se deja conquistar por Ignacio para la empresa apostólica
de la naciente “Compañía de Jesús”. Para Javier, San Ignacio de
Loyola será “el Padre de su alma”, su “Padre in Christi
visceribus único”. La
clave espiritual
de la vocación de Javier ¿Cuál
es pues la clave de esa vida de un hombre, famoso universalmente por
motivos y razones tan alejadas de aquellas que explican habitualmente la
celebridad y el éxito humanos? La respuesta a esta pregunta, conocida y
actualizada de nuevo por y en la comunidad eclesial y ofrecida con
atractivo espiritual a la sociedad y a los jóvenes de hoy
–especialmente de España y de Europa–, podría ser uno de los
frutos más fecundos de la celebración de este Vº Centenario del
nacimiento de Francisco Javier. Y, por supuesto, un fruto que habríamos
de impetrar en esta solemnísima celebración eucarística, en que su
memoria queda nuevamente envuelta en la memoria del Misterio Pascual del
Señor Jesucristo Crucificado y Resucitado por nuestra salvación. Para
Javier como para Pablo “el hecho de predicar no es un motivo de
orgullo” sino una necesidad existencial irreprimible: “no tengo más
remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!.. Y hago todo esto
–hacerme esclavo de todos para ganar a los más posibles, débil con
los débiles para ganar a los débiles; todo a todos, para ganar, sea
como sea, a algunos– por el Evangelio, para participar yo también de
sus bienes”. A Javier en el momento más crucial de su existencia, el de la decisión sobre su vocación, y en la subsiguiente increíble aventura misionera de su vida, le importan por encima de todo “los bienes del Evangelio”: –
Le importa el alma: su alma y la de todos, el alma de cada ser humano.
Le importa el “alma” porque le importa la vida: ¡la vida en
plenitud, la vida en felicidad, la vida eterna! Renuncia a las
apariencias de vida, encubridoras de muerte, indudablemente sugestivas y
atrayentes, pero falaces, presentadas muchas veces impositivamente por
el poder del mal a cambio de la vida, la nueva vida ¡el nuevo modo de
ser hombre! ofrecido en gracia, en amor gratuito por Dios que nos ha
entregado a su Hijo para redimirnos del pecado y de la muerte. –
Le importa Cristo y su victoria en la Cruz: el que vence definitivamente
a la muerte espiritual y temporal por la oblación de su cuerpo y de su
sangre en ese madero de la ignominia y escándalo para unos y de la
necedad para otros. La vence por la fuerza de un amor divino-humano que
se difunde por el don del Espíritu Santo derramado sobre los corazones
de los fieles y sobre el corazón del mundo el día de Pentecostés
después de su triunfo pascual. Javier había amado a Jesucristo
apasionadamente. Cuenta un testigo de su muerte, acaecida en la
madrugada del 3 de diciembre de 1556, ante lo que parecían las puertas
cerradas de China, que “yendo desfalleciendo, le puse la candela en la
mano, y con el nombre de Jesús en la boca dio su alma y su espíritu”.
Sus últimas palabras fueron: “In te domine speravi non confundar in
aeternum”: “en ti, Señor, he esperado, no seré confundido para
siempre”. Era pasada la medianoche, “un poco antes que
amaneciese”. ¡Cuántas veces habría puesto en práctica Javier la
recomendación de su maestro y padre, San Ignacio de Loyola, en el libro
de los Ejercicios Espirituales!: “Imaginando a Cristo nuestro Señor
delante y puesto en Cruz hacer un coloquio: cómo de Criador es venido a
hacerse hombre y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por
mis pecados. Otro tanto, mirando a sí mismo, lo que hecho por Cristo,
lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo; y así, viéndole
tal, así colgado en la cruz, discurrir por lo que se ofreciere” (53).
A Javier no se le ofreció otra cosa que gastar y desgastar su vida
joven por llevar el conocimiento interno y trasformador de esa Cruz, de
ese Crucificado, a todos los confines de la tierra. Javier había
iniciado el nuevo y definitivo capítulo misionero de su vida sintiendo
hondamente: “dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo
quebrantado, lágrimas, pena interna de tanta pena que Cristo pasó por
mí” (203). –
Le importa la salvación del hombre, y, por ello, su vida será un
desvivirse para que todo el que se encuentre con él pueda conocer y
hacer suya la verdad de que “tanto amó Dios al mundo, que entregó a
su Hijo único, para que todos los que creen en Él tengan vida
eterna” (1Jn 3,16). A Javier le importa, precisamente por amor al
hombre, que acceda a la fe cristiana el mayor número posible de gentes
y personas, a las que busca incansablemente en los confines más remotos
de su tiempo, a donde no ha llegado la Buena Noticia de Jesús, el
anuncio de su Evangelio. Sus cartas rezuman continuamente un creciente
ardor misionero. Nuestro Santo Padre Benedicto XVI acaba de afirmar en
su primera Encíclica, con formulación luminosa y extraordinariamente
atrayente para el hombre de hoy, que las palabras de la Primera carta de
Juan –“Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y
Dios en él” (1Jn 4,16)–, “expresan con claridad meridiana el
corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la
consiguiente imagen del hombre y de su camino” (nº 1). No podía
concretarse mejor el legado de Javier para nosotros en la cima de este año
jubilar que el de sentirnos testigos y enviados –¡misioneros!– de
ese amor de Dios, revelado en Jesucristo, que nos salva: ¡el único
capaz de salvar al hombre de la muerte en el tiempo y en la eternidad!,
¡el único capaz de salvarlo íntegramente! Recuperar
“el alma” en la vida del hombre y en la sociedad, en España y en
Europa ¡Es
pues muy importante y urgente recuperar “el alma” en la vida
personal de cada cristiano a la luz de la Buena Noticia de Jesucristo!
¡Es muy urgente convencer a nuestros contemporáneos de que si “se
fracasa en los asuntos del alma”, se frustra la vida: ya aquí. Y no
menos urgente es recordar a la nueva sociedad en España y en Europa que
es muy difícil, por no decir imposible, abrir futuros compartidos de
vida, de justicia, de solidaridad y de paz, si se olvida la propia alma,
la que alienta en las mejores páginas de nuestra historia común. La
insistencia de nuestro querido y llorado Siervo de Dios, Juan Pablo II,
en la recuperación de las raíces cristianas de Europa y de España
resuena aquí y ahora como una llamada a proyectar el mensaje de Javier
en el año del Vº Centenario de su nacimiento hacia una acción
misionera en el interior de nuestra sociedad, tan secularizada. No han
perdido ninguna frescura sus palabras del Acto Europeísta de la
Catedral de Santiago de Compostela, el 9 de noviembre de 1982, ni las de
la madrileña Plaza de Colón, el 4 de mayo del 2003: “Yo, Obispo de
Roma y Pastor de la Iglesia Universal, desde Santiago, te lanzo vieja
Europa, un grito lleno de amor: Vuelva a encontrarte. Sé tú misma.
Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces”; “el lugar –la Plaza de
Colón– evoca, pues, la vocación de los católicos españoles a ser
constructores de Europa y solidarios con el resto del mundo. España
evangelizada. España evangelizadora, ése es el camino. No descuidéis
nunca esa misión que hizo noble vuestro País en el pasado y es el reto
intrépido para el futuro”. Son especialmente los jóvenes los que
necesitan oírlas con premura y ardor apostólico. “Ellos son la gran
esperanza de España y de la Europa cristiana”, les aseguraba el Papa.
“Los signos de los tiempos”, índice claro de la voluntad del Señor,
señalan inequívocamente que no hay tiempo que perder en su
evangelización: ¿dónde y cómo van a encontrar la esperanza las
nuevas generaciones si no es en la Persona y en el Evangelio de
Jesucristo? María
en la devoción de Javier y en la devoción de España Dicen
los biógrafos de San Francisco Javier que su madre, Dña. María, educó
a sus hijos en el rezo del Santo Rosario ante el Cristo sonriente del
Castillo y en una acendrada devoción a la Virgen: acudían todos los sábados
a rezar ante la Virgen Santa María de la Parroquia. Ambas imágenes
siguen atrayendo la mirada de la multitud de peregrinos que llegan hasta
el Santuario de Javier. ¡Que centren también hoy espiritualmente
nuestras miradas! Porque sólo María, la Virgen Santísima, venerada y
amada tiernamente en todos los rincones de España, Madre de Jesucristo
y Madre nuestra, puede enseñarnos eficazmente “que es el amor y donde
tiene su origen, su fuerza siempre nueva” (num. 42). Confiemos a ella de nuevo, siguiendo la exhortación de Benedicto XVI, en esta Eucaristía concelebrada por tantos hermanos, Pastores de las Iglesias Diocesanas de España, a la Iglesia y “su misión al servicio del amor”: ¡el servicio del amor! ¡lo mejor, lo más verdadero y lo más fructífero que pueden ofrecer la Iglesia y sus Pastores a todos los españoles para un futuro de libertad, de justicia, de solidaridad y de paz! “Amor saca amor” enseñaba Santa Teresa de Jesús, una gran contemporánea de Javier. El amor une, no separa: ¡el amor salva! Ojalá podamos hoy revivir la figura y el mensaje de Javier aplicando las palabras de Isaías que tan bien ilustran los efectos de su acción misionera: hermosos han sido sobre los montes de tierras lejanas y desconocidas sus pies de mensajero de la paz, de la Buena Nueva que pregona la victoria de Dios, el que rescata a su pueblo del pecado y le consuela y fortalece con el don de su amor, el que trae verdaderamente la paz. Amén |
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