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INTRODUCCIÓN
1.- Nos damos cita en el calvario, en este mediodía del
Viernes Santo, para recoger las últimas palabras de Jesús
en la Cruz.
Las siete
Palabras de Jesús en la Cruz nos introducen en el drama
de Dios crucificado por el mundo y por los hombres.
2..-
Estas palabras las pronunció Jesús entre las doce del
mediodía y las tres de la tarde, mientras las últimas
gotas de su Sangre caían sobre el charco que se había
formado bajo la Cruz.
En estas
palabras se encuentra la verdad de cada vida.
Estas
Palabras iluminan el corazón de todo hombre. Y fueron
recogidas por su Madre y por los discípulos presentes en
el calvario, precisamente por esto.
Son los
siete pilares en los que se apoya toda la vida de un
cristiano.
3.- Jesús
pronunció estas palabras, más bien, las gritó, cuando
estaba suspendido entre el Cielo y la tierra. Abandonado
de Dios y abandonado de los hombres.
Y Jesús
las dijo, porque en todos los rincones del mundo, en todos
los días de los siglos que vendrían, habría dolores que
esperaban estas palabras. Habría gentes con ganas de
vivir, que 1as necesitaban. Cuando Jesús pronunció estas
Palabras, entrecortadas, y espaciadas durante su lenta
agonía, se estaba realizando la salvación del mundo.
Nosotros empezábamos a vivir como hombres nuevos
precisamente allí.
4.- Y si
hemos venido a escuchar y recoger las últimas palabras de
Jesús en la Cruz, también es cierto que estamos aquí,
en este mediodía del Viernes Santo, porque en la Cruz se
revela todo el amor que Dios nos tiene. La Cruz forma
parte de la historia del amor de Dios en nuestra vida.
Y estamos
aquí porque todos hemos puesto nuestras manos en El. Su
Muerte es cosa de todos.
Y estamos
aquí, porque todos nosotros estábamos en aquellas
palabras y en aquella oración de Jesús. En la muerte de
Jesús estamos en juego cada uno de nosotros.
"¡ Cristo murió por mí!", gritaba San Pablo.
Y con la misma razón lo podemos gritar nosotros.
Sin este
sacrificio de Jesús en la Cruz, nosotros no seríamos
hijos de Dios y 1a historia del hombre sería
completamente distinta.
5.-
Cuando uno escucha las palabras de Jesús en la Cruz y
cuando se le ve ofrecer su vida por nosotros, comprende
uno que ha encontrado a quien merecía la pena. Ahora sí
sabemos a quién podemos pertenecer y seguir.
Después
de haber visto morir a Jesús por nosotros, nos damos
cuenta que El no puede ser simplemente una parte de
nuestra vida; no puede ser una cosa más; ni tampoco un añadido.
El debe ser nuestra verdadera herencia. Lo mejor que
tenemos.
Para uno que cree, Jesús lo es todo.
"PADRE,
PERDÓNALES, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN" (Luc.23,34)
1.- Según
la narración del Evangelista Lucas, ésta es la primera
Palabra pronunciada por Jesús en la Cruz.
Jesús en
la Cruz se ve envuelto en un mar de insultos, de burlas y
de blasfemias. Lo hacen los que pasan por el camino, los
jefes de los judíos, los dos malhechores que han sido
crucificados con El, y también los soldados. Se mofan de
Él diciendo: "Si eres hijo de Dios, baja de la Cruz
y creeremos en ti" (Mt .27,42). “Ha puesto su
confianza en Dios, que Él lo libre ahora” (Mt.27,43).
La
humanidad entera, representada por los personajes allí
presentes, se ensaña contra El. "Me dejareis sólo",
había dicho Jesús a sus discípulos. Y ahora está solo,
entre el Cielo y la tierra.
Se le negó
incluso el consuelo de morir con un poco de dignidad.
2.- Y Jesús,
que no había hablado hasta entonces, que no había dejado
salir de sus labios ni una sola queja, se vuelve ahora
hacia su interior para hablar con Su Padre. "'Padre,
perdónales, porque no saben lo que hacen".
En aquel
ambiente de burlas y desprecios, resonó la palabra
"perdón". El "perdón" fue su única
respuesta.
3.- Jesús
no sólo perdona, sino que pide el perdón de su Padre
para los que lo han entregado a la muerte.
Para
Judas, que lo ha vendido. Para Pedro que lo ha negado.
Para los que han gritado que lo crucifiquen, a El, que es
la dulzura y la paz. Para los que allí se están mofando.
Y no sólo
pide el perdón para ellos, sino también para todos
nosotros. Para todos los que con nuestros pecados somos el
origen de su condena y crucifixión. “Padre, perdónales,
porque no saben...”
Jesús
sumergió en su oración todas nuestras traiciones. Pide
perdón, porque el amor todo lo excusa, todo lo soporta...
(1 Cor. 13).
4.- Se
dirigió a su Padre Dios, porque Dios es un Dios de
misericordia. Dios no es un Dios amenazador ni vengativo.
Es un Dios misericordioso. Es un Dios que espera siempre
la vuelta del hijo que marchó. Es un Dios a quien, por
muy lejos que uno se haya marchado, siempre se puede
volver.
5.- No
hacía otra cosa que poner en práctica lo que tantas
veces había dicho: "Amad a vuestros enemigos... Orad
por los que os persiguen" (Mt. 5,44). "Haced el
bien a los que os odien" {Luc. 6,27).
En el
alma limpia de Jesús no había entrado nunca, ni el
resentimiento ni la venganza.
La noche
anterior se había arrodillado ante sus discípulos, como
un siervo ante sus amos, y les había lavado los pies. Y
luego dijo que hiciéramos nosotros lo mismo, porque si lo
hacíamos, seríamos felices.
6.- Ser
cristiano es un compromiso que exige una forma de vivir.
A todo el
que sigue a Jesús, se le piden opciones claras y serias.
Y hoy más que nunca.
Una de
esas opciones es hacer que el amor sea la base de nuestra
vida. Que cuanto hagamos, sea expresión de amor fraterno.
Un cristiano debe tener claras dos cosas: que debe poner a
Dios en el primer lugar de su vida, y que debe amar
siempre.
Ser en
nuestro pequeño mundo, allí donde la voluntad de Dios
nos ha puesto a cada uno, en nuestra familia, en el
trabajo, en la parroquia, y con aquellos prójimos
concretos que están a nuestro lado, ser allí la
realización concreta de este mandamiento que Jesús llamó
"suyo".
Amar
siempre. Amar los primeros. Amar a todos.
No
traslucimos el mundo nuevo, ni la vida nueva que Jesús ha
traído, si no amamos. Quien no ama, está aún en la
prehistoria del cristianismo. No ha entrado en el mundo de
la redención.
¡ Tenemos que vivir! No podemos ser cristianos de rutina
ni vacíos.
Hemos de
ser portadores de Jesús, allí donde nos hagamos
presentes. Y lo hacemos, si amamos.
Y los
padres deben saber que la relación que deben establecer
en casa, es una relación de amor mutuo.
Y la
Parroquia debe ser también, como una familia; una
comunidad de amor, donde nos ayudamos a crecer en
santidad.
Y la
comunidad religiosa debe ser un lugar donde sus miembros
están unidos, por causa de Cristo y del Evangelio, de
forma que por el amor mutuo Jesús esté en medio de
ellos.
Y la
Iglesia Diocesana y el presbiterio sacerdotal debemos
vivir una unidad gozosa, que sea fruto de la caridad
vivida, porque es la condición puesta por Jesús para que
este mundo crea. Los cristianos no llevamos ninguna
indumentaria, ningún hábito especial para ser
reconocidos.
La vocación
de un cristiano es la vocación a ser Jesús. Y esta
vocación se realiza por el amor concreto y constante. Y
amar muchas veces es perdonar. Perdonar, como Jesús.
Perdonar y olvidar. Porque, a veces decimos:
"Perdono, pero no olvido". Y eso no es ni amar
ni perdonar.
"TE
LO ASEGURO: HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO" (Luc.23,
43)
1.- Sobre
la colina del Calvario había otras dos cruces. El
Evangelio dice que, junto a Jesús, fueron crucificados
dos malhechores. (Luc. 23,32).
La sangre
de los tres formaban un mismo charco, pero, como dice San
Agustín, aunque para los tres la pena era la misma, sin
embargo, cada uno moría por una causa distinta.
2.- Uno
de los malhechores blasfemaba diciendo: “¿No eres Tú
el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y sálvanos a
nosotros!" (Luc. 23,39).
Había oído
a quienes insultaban a Jesús. Había podido leer incluso
el título que habían escrito sobre la Cruz: "Jesús
Nazareno, Rey de los judíos”. Era un hombre
desesperado, que gritaba de rabia contra todo.
3.- Pero
el otro malhechor se sintió impresionado al ver cómo era
Jesús. Lo había visto lleno de una paz, que no era de
este mundo.
Le había
visto lleno de mansedumbre. Era distinto de todo lo que
había conocido hasta entonces. Incluso le había oído
pedir perdón para los que le ofendían.
Y le hace
esta súplica, sencilla, pero llena de vida: “Jesús,
acuérdate de mí cuando estés en tu Reino". Se
acordó de improviso que había un Dios al que se podía
pedir paz, como los pobres pedían pan a la puerta de los
señores.
¡Cuántas
súplicas les hacemos nosotros a los hombres, y qué pocas
le hacemos a Dios!...
Y Jesús,
que no había hablado cuando el otro malhechor le
injuriaba, volvió la cabeza para decirle: "Te lo
aseguro. Hoy estarás conmigo en el Paraíso".
Jesús no
le promete nada terreno.
Le
promete el Paraíso para aquel mismo día. El mismo Paraíso
que ofrece a todo hombre que cree en El.
4.- Pero
el verdadero regalo que Jesús le hacía a aquel hombre,
no era solamente el Paraíso. Jesús le ofreció el regalo
de sí mismo.
a) Lo más
grande que puede poseer un hombre, una mujer, es compartir
su existencia con Jesucristo. Hemos sido creados para
vivir en comunión con él.
E1 regalo
más grande que Dios nos ha hecho es a su Hijo Jesús. El
regalo más grande que recibamos en este mundo, no serán
ni herencias, ni haciendas, ni suertes en juegos de azar.
El regalo más grande nos le ha hecho Dios al darnos a
Jesucristo.
El
secreto de la vida de un cristiano es Cristo.
b) Jesús
es el único que puede darnos lo que necesitamos. Lo que
necesitamos para dar sentido a nuestra vida.
Jesús es
el que trae a cada hombre la salvación de Dios. El nos da
al Espíritu Santo. Jesús es el único que llena nuestras
ansias de infinito.
Por eso,
es un error construir la vida sin Jesús. Es un error
pretender ser adolescente sin Jesús. Ser joven, o ser
hombre o mujer maduros sin Jesús
c) Jesús
es el único camino que tiene el hombre. El único camino
para ir a Dios. "Quien quiera lograr la salvación,
deberá tomar ese camino”, decía el Papa en el mensaje
que dirigió a los jóvenes convocándoles en Santiago de
Compostela. Jesús es el camino que tenemos que hacer en
la vida. Jesús es la verdadera riqueza de un hombre.
d) Y Jesús
llama a la puerta de cada uno para poder entrar. Jesús
nos pide entrar en nuestra vida.
Y somos
libres para aceptar o no. Para decir que sí o no. Para
ser felices o no.
Pero
hemos de saber que todo está en Él. Que fuera de Él, no
hay camino en la vida. Fuera de Él está la noche.
5.- Por
eso, San Agustín, cuando conoció todo lo que era Jesús,
dijo: "¡Oh Cristo, qué tarde te conocí!”.
“MUJER,
AHÍ TIENES A TU HIJO". “AHÍ TIENES A TU
MADRE", (Jn.I9, 26)
1.- Junto a la Cruz estaba también María, su Madre. La
presencia de María junto a la Cruz fue para Jesús un
motivo de alivio, pero también de dolor. Tuvo que ser un
consuelo el verse acompañado por Ella. Ella que, por otra
parte, era el primer fruto de la Redención.
Pero, a
la vez, esta presencia de María tuvo que producir1e un
enorme dolor, al ver el Hijo los sufrimientos que su
muerte en la cruz estaban produciendo en el interior de su
Madre. Aquellos sufrimientos le hicieron a Ella
Corredentora, compañera en la redención.
2.- Era
la presencia de una mujer, ya viuda desde hacía años,
según lo hace pensar todo. Y que iba a perder a su Hijo.
Jesús y
María vivieron en la Cruz el mismo drama de muchas
familias, de tantas madres e hijos, reunidos a la hora de
la muerte. Después de largos períodos de separación,
por razones de trabajo, de enfermedad, por labores
misioneras en la Iglesia, o por azares de la vida, se
encuentran de nuevo en la muerte de uno de ellos.
Al ver
Jesús a su Madre, presente allí, junto a la Cruz, evocó
toda una estela de recuerdos gratos que habían vivido
juntos en Nazaret, en Caná, en Jerusalén. Sobre sus
rodillas había aprendido el shema, la primera oración
con que un niño judío invocaba a Dios. Agarrado de su
mano, había ido muchas veces a la Pascua de Jerusalén...
Habían hablado tantas veces en aquellos años de Nazaret,
que el uno conocía todas las intimidades del otro.
En el
corazón de la Madre se habían guardado también cosas
que Ella no había llegado a comprender del todo. Treinta
y tres años antes había subido un día de febrero al
Templo, con su Hijo entre los brazos, para ofrecérselo al
Señor.
Y fue
precisamente aquel día, cuando de labios de un anciano
sacerdote oyó aquellas palabras: “A ti, mujer, un día,
una espada te atravesará el alma". Los años habían
pasado pronto y nada había sucedido hasta entonces.
En la
Cruz se estaba cumpliendo aquella lejana profecía de una
espada en su alma.
3.- Pero
la presencia de María junto a la Cruz no es simplemente
la de una Madre junto a un Hijo que muere. Esta presencia
va a tener un significado mucho más grande.
Jesús en
la Cruz le va a confiar a María una nueva maternidad.
Dios la eligió desde siempre para ser Madre de Jesús,
pero también para ser Madre de los hombres. La primera
maternidad la empezó a vivir en Nazaret y en Belén, en
la Encarnación y en el Nacimiento. Esta nueva maternidad
se inicia ahora, en el Calvario.
4.- Jesús
dirigiéndose a María, y señalando a Juan dijo:
"Mujer, ahí tienes a tu Hijo". Estas pa1abras
no son simplemente un acto de ternura y de cariño de un
Hijo para con su Madre que se queda sola.
Aquel
Viernes Santo en la Cruz, Jesús nos dio a su Madre. El
Viernes Santo, en la Cruz, nació la Ig1esia, los nuevos
hijos de Dios. Y a María la hizo Madre de la Ig1esia y de
todos los hombres.
María
tiene una maternidad verdadera sobre nosotros. Es Madre
que engendra, que cuida, que intercede, que comunica
gracias.
Es una
maternidad en el orden de la gracia; para nuestra salvación
y santificación. Pero es una maternidad que se alimenta
de afecto, de cariño, de confianza, lo mismo que la
maternidad humana.
Y el
hecho de que sea madre de todos, no quita que sea de cada
uno.
Y es una
maternidad que, aunque a veces no merezcamos, siempre la
necesitamos. Y si es fácil querer a María, es
precisamente porque es Madre.
“ DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME HAS
ABANDONADO" (Mt.27,46)
1.- Son
casi las tres de la tarde en el Calvario y Jesús está
haciendo los últimos esfuerzos por hacer llegar un poco
de aire a sus pulmones. Sus ojos están borrosos de sangre
y sudor.
2.- Y en
este momento, incorporándose, como puede, grita:
"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?".
No había
gritado en el huerto de los Olivos, cuando sus venas
reventaron por la tensión que vivía. No había gritado
en la flagelación, ni cuando le colocaron la corona de
espinas.
Ni
siquiera lo había hecho en el momento en que le clavaron
a la Cruz.
Jesús
grita ahora.
3.- Jesús,
el Hijo único, aquel a quien el Padre en el Jordán y en
el Tabor había llamado: “Mi Hijo único" ,
"Mi Predilecto", "Mi amado", Jesús en
la Cruz se siente abandonado de su Padre.
¿Qué
misterio es éste? ¿Cuál es el misterio de Jesús
Abandonado, que dirigiéndose a su Padre, no le llama
"Padre”, como siempre lo había hecho, sino que le
pregunta, como un niño impotente, que por qué le había
abandonado?.
¿Por que
Jesús se siente abandonado de su Padre?
4.- Me
gustaría poder ayudarte a conocer un poco, y, sobre todo,
a contemplar todo el misterio tremendo, y a la vez
inmensamente grande, que Jesús vive en este momento.
Este
momento de la Pasión de Jesús, en que se siente
abandonado de su mismo Padre, es el más doloroso para El
de toda la Redención. El verdadero drama de la Pasión
Jesús lo vivió en este abandono de su padre.
Y si la
Pasión de Jesús, el Hijo bendito del Padre, es el
misterio que no tiene nombre, que no hay palabras para
describirlo, no lo es simplemente por los azotes, ni por
la sangre derramada, ni por la agonía o por la asfixia,
sino porque nos hace entrar en el misterio de Dios.
Y en este
abandono de Jesús, descubrimos el inmenso amor que Jesús
tuvo por los hombres y hasta dónde fue capaz de llegar
por amor a su Padre. Porque todo lo vivió por haberse
ofrecido a devolver a su Padre los hijos que había
perdido y por obediencia a Él.
5.- Jesús,
en este momento de su muerte, se está presentando ante su
Padre cargado con los pecados de los hombres.
El no era
pecado. Era el Hijo bendito y santo de Dios. Pero se había
ofrecido a cargar sobre sí todos los pecados de los
hombres. Todos. También los nuestros. Los tuyos. Los míos.
Todos. Y ahora, en este momento, se presenta ante su Padre
como si fuera un pecador. Se presenta desconocido, como el
malvado de la Tierra, como el peor de la creación.
Para que
pudiesen perdonarse nuestros pecados, Él cargo sobre sí,
como si fueran suyos, con los nuestros. Y así se presenta
ahora ante su Padre.
Dice San
Pablo que para librarnos de la maldición, Dios hizo
maldición a su Hijo (2 Cor. 5,21).
6.-Jesús
vivió en aquel momento la soledad y el abandono de Dios
que se produce en un hombre, cuando se encuentra alejado
de Dios por el pecado. Lejos de Dios se experimenta el vacío
más grande.
Si el
pecado es la separación de Dios, Jesús debía probar lo
que produce en un alma esa separación de Dios.
Y este
fue su más grande drama y dolor. Por esta separación de
Dios, su Padre, es por lo que El había tenido miedo a la
Pasión y había llegado a decir: “Triste está mi alma
hasta la muerte”.
Por eso ,
hay que acercarse con cariño y gratitud a esta soledad de
Jesús. Porque para que se perdonasen nuestros pecados, El
aceptó incluso vivir el total abandono en aquella relación
especialísima, íntima, que Él tenía con su Padre.
“TENGO
SED" (Jn.19,28)
1.- Uno
de los más terribles tormentos de los crucificados era la
sed.
La
deshidratación que sufrían, debida a la pérdida de
sangre, era un tormento durísimo. Y Jesús, por lo que
sabemos, no había bebido desde la tarde anterior.
No es
extraño que tuviera sed; lo extraño es que lo dijera.
2.- La
sed que experimentó Jesús en la Cruz fue una sed física.
Expresó en aquel momento estar necesitado de algo tan
elemental como es el agua. Y pidió, "por
favor", un poco de agua, como hace cualquier enfermo
o moribundo.
Jesús se
hacía así solidario con todos, pequeños o grandes,
sanos o enfermos, que necesitan y piden un poco de agua. Y
es hermoso pensar que cualquier ayuda prestada a un
moribundo, nos hace recordar que Jesús también pidió un
poco de agua antes de morir.
3.- Pero
no podemos olvidar el detalle que señala el Evangelista
San Juan: Jesús dijo: "Tengo sed". “Para que
se cumpliera la Escritura", dice San Juan (Jn.19,28).
Jesús
habló en esta quinta Palabra de "su sed".
Aquella sed que vivía El como Redentor.
Jesús,
en aquel momento de la Cruz, cuando está realizando la
Redención de los hombres, pedía otra bebida distinta del
agua o del vinagre que le dieron.
Poco más
de dos años antes, Jesús se había encontrado junto al
pozo de Sicar con una mujer de Samaría, a la que había
pedido de beber."Dame de beber". Pero el agua
que le pedía no era la del pozo. Era la conversión de
aquella mujer.
Ahora,
casi tres años después, San Juan que relata este pasaje,
quiere hacernos ver que Jesús tiene otra clase de sed. Es
como aquella sed de Samaría.
"La
sed del cuerpo, con ser grande -decía Santa Catalina de
Siena- es limitada. La sed espiritual es infinita”.
Jesús
tenía sed de que todos recibieran la vida abundante que
El había merecido. De que no se hiciera inútil la
redención. Sed de manifestarnos a Su Padre. De que creyéramos
en Su amor. De que viviéramos una profunda relación con
El. Porque todo está aquí: en la relación que tenemos
con Dios.
Sed de
que el fuego que traía, el Espíritu Santo, llenase a
todos.
Sed de
hogares cristianos, donde los esposos se quieran de
verdad, y sean verdaderos compañeros que se ayudan a
vivir la santidad.
Sed de jóvenes
que junto a El sean más jóvenes.
Sed de jóvenes
que no sean del montón. Que estén dispuestos a ir
contracorriente. Jóvenes que sean, como dijo el Papa a
los jóvenes europeos, “jóvenes de oración y de
coraje".
4.-
Nosotros, los cristianos, necesitamos tener sed de una
vida espiritual intensa. En este mundo de hoy sólo se
puede ser cristiano, si se tiene una profunda vida
espiritual. Si se está bien alimentado interiormente,
enraizado en Dios.
5.-
Cuando biológicamente hay un medio ambiente contrario,
duro, difícil, con un mínimo de vitalidad no se puede
sobrevivir.
Cuando
vienen las epidemias, las gripes, con una salud
deficiente, con una baja alimentación, no se puede
sobrevivir.
Lo mismo
ocurre en el espíritu. Cuando el ambiente es difícil,
como el de ahora. Cuando el ambiente es pagano, increyente,
herótico, con mínimos vita1es, con mínimos
espirituales, no se puede sobrevivir
Hay que
estar más llenos que nunca por dentro. Hay que tener sed
de gracia, de Eucaristía, de oración. Sed de tratar y de
escuchar a Dios.
Hemos de
valorar más que nunca estos dones.
Jesús
dijo: “Dichosos los que tienen sed, porque serán
saciados”.
“TODO
ESTÁ CUMPLIDO” (Jn. 19, 30)
"PADRE,
EN TUS MANOS PONGO MI ESPÍRITU (Luc. 23,46)
1.- Estas
fueron las últimas palabras pronunciadas por Jesús en la
Cruz.
Estas
palabras no son las de un hombre acabado. No son las
palabras de quien tenía ganas de llegar al final. Son el
grito triunfante del vencedor.
Estas
palabras manifiestan la conciencia de haber cumplido hasta
el final la obra para la que fue enviado al mundo: dar la
vida por la salvación de todos los hombres.
Jesús ha
cumplido todo lo que debía hacer.
2.- Vino
a la tierra para cumplir la voluntad de su Padre. Y la ha
realizado hasta el fondo.
Le habían
dicho lo que tenía que hacer. Y lo hizo. Le dijo su Padre
que anunciara a los hombres la pobreza, y nació en Belén,
pobre. Le dijo que anunciara el trabajo y vivió treinta años
trabajando en Nazaret.
Le dijo
que anunciara el Reino de Dios y dedicó los tres últimos
años de su vida a descubrirnos el milagro de ese Reino,
que es el corazón de Dios.
3.- La
muerte de Jesús fue una muerte joven; pero no fue una
muerte, ni una vida malograda. Sólo tiene una muerte
malograda, quien muere inmaduro. Aquel a quien la muerte
le sorprende con la vida vacía. Porque en la vida sólo
vale, sólo queda aquello que se ha construido sobre Dios.
4.- Y
ahora Jesús se abandona en las manos de su Padre.
"Padre, en tus manos pongo mi Espíritu".
Las manos
de Dios son manos paternales. Las manos de Dios son manos
de salvación y no de condenación.
Dios es
un Padre.
Antes de
Cristo, sabíamos que Dios era el Creador del mundo. Sabíamos
que era Infinito y todopoderoso, pero no sabíamos hasta
qué punto Dios nos amaba. Hasta qué punto Dios es PADRE.
El Padre más Padre que existe.
Y Jesús
sabe que va a descansar al corazón de ese Padre.
Y el que había temido al pecado, y había gritado: "¿Por
qué me has abandonado?", no tiene miedo en absoluto
a la muerte, porque sabe que le espera el amor infinito de
Su Padre.
5.-
Durante tres años se lanzó por los caminos y por las
sinagogas, por las ciudades y por las montañas, para
gritar y proclamar que Aquel, a quien en la historia de
Israel se le llamaba "El", "Elohim",
“El Eterno", "El sin nombre", sin dejar
de ser aquello, era Su Padre. Y también, nuestro Padre.
6.- Y el
hecho de que tenga seis mil millones de hijos en el mundo,
eso no impide que a cada uno de nosotros nos mime y nos
cuide como a un hijo único.
Y,
salvadas todas las distancias, también nosotros podemos
decir, lo mismo que Jesús: "Dios es mi Padre",
"los designios de mi Padre", "la voluntad
de mi Padre".
7.-Y si
es cierto que es un Padre Todopoderoso, también es cierto
que lo es todo cariñoso. Y en las mismas manos que
sostiene el mundo, en esas mismas manos lleva escrito
nuestro nombre, mi nombre.
Y, a veces, cuando la gente dice: "Yo estoy solo en
el mundo", "a mi nadie me quiere", El, el
padre del Cielo, responde: "No. Eso no es cierto. Yo
siempre estoy contigo".
8.- Hay
que vivir con la alegre noticia de que Dios es el Padre
que cuida de nosotros. Y, aunque a veces sus caminos sean
incomprensibles, tener la seguridad de que El sabe mejor
que nosotros lo que hace. Hay que amar a Dios, sí. Pero
también hay que dejarse amar y querer por Dios.
En las
manos de ese Padre que Jesús conocía y amaba tan entrañablemente,
es donde El puso su espíritu.
CONCLUSIÓN:
Jesús ha muerto. Nuestro hermano Jesús ha muerto. Pero,
gracias a esa muerte, nosotros hemos sido salvados.
Gracias, Señor Jesucristo.
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