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En las situaciones tan divergentes que existen en nuestra sociedad no podemos dejarnos llevar por el desánimo que las mismas circunstancias invitan a seguir. Al contrario, mucho más debemos facilitar, si vivimos la esperanza, el ser portadores de un clima nuevo de amor y de servicio a los que nos rodean. La vocación del cristiano tiene como base la entrega a Dios, que es como la raíz, y a los demás, que es el tallo. Las dos van juntas y bien armonizadas. Si faltara alguna de ellas viviríamos un cristianismo amorfo y sólo barnizado de buenas intenciones pero sin sustancia y, a la corta o a la larga, se perdería la fe y se sostendría la vida en una nube inconsistente. La vida comunitaria que se inicia en la familia se sostiene porque por las venas de la misma corre la disposición, la ayuda, el amor de servicio y entrega. Nadie es extraño porque todos forman una unidad de vida y de ayuda mutua.
La atracción que la sociedad presenta está, muchas veces, disociada de la auténtica realidad. Se habla de libertad y la sutileza de la esclavitud se hace presente. Se habla de compartir y el egoísmo corrompe la solidaridad. Se habla de alegría y cada día hay más violencia, suicidios y depresiones existenciales. Se habla de bienestar y no sacia todo lo que presenta el materialismo y el hedonismo. ¿Qué sucede?, ¿adónde queremos ir? y ¿cuáles son nuestras aspiraciones? Tanto psicológicamente como espiritualmente hay un gran vacío y en el fondo es porque hacemos de la vida un instrumento de placer, de poseer y de dominio. ¿Es posible que se ofrezcan testimonios distintos y que puedan dar razones más importantes que lo puramente material? Puedo afirmar que hay testigos que, sin presunción alguna, han encontrado una razón para existir, para vivir y para ser felices.
Las vocaciones nativas son en la sociedad un signo de esperanza. ¡Cuántos misioneros han dado lo mejor de sí para hacer felices a los demás, siguiendo el ejemplo del Buen Maestro! Han salido de su casa, de su pueblo y de su nación para ponerse al servicio de la gente y recrear la comunidad, el sentido de familia. Recuerdo la experiencia de un sacerdote que –a sus ochenta años– me decía que él se sentía más ‘padre’ que nadie porque a muchos niños y jóvenes los había sacado del ambiente nocivo de la droga y de la delincuencia. Ahora, cuando van a verle, le reconocen como el mejor amigo que les ha llevado a sentirse humanos e hijos de Dios. Han recuperado el sentido de familia y no están perdidos a su propia suerte. Las
Obras Misionales Pontificias, a lo largo de tantos años, han trabajado
con ahínco e ilusión para mostrar a toda la Iglesia y a la sociedad
que las vocaciones en ‘tierras aún vírgenes’ son necesarias para
sostener y fortalecer a la sociedad hambrienta de ambiente Por
Monseñor Francisco Pérez |